martes, 19 de febrero de 2008

El corazón de la rata

El otro día, mientras bebía con sus amigos, y quizás influido por la próxima publicación de la novela Musofobia, de Jorge Harmodio, o puede que por la acción imparable de otro condicionamiento pavloviano, ya olvidado, el Barón recordó a su vieja amiga la rata blanca.

La rata aquella no tenía nombre, a pesar de que convivió con él durante muchos años, ella en un frasco de formol (bien, sólo su cabeza), él ocupando el resto de la habitación. Hasta que la madre del Barón le obligó a deshacerse de ella.

No fue hasta mucho tiempo después que volvió a su memoria, con un papel secundario en la eterna obra inacabada del Barón (ahí, sí, le puso nombre: Orlando). Pero sólo la cabeza de la rata tenía presencia en la memoria.

Fue el otro día, al inicio del enésimo descalabro etílico colectivo, cuando otra imagen acudió a la mente del Barón: el corazoncito de la rata, recién abierta, rojo y diminuto, en las manos de la buena señora que la había diseccionado. "¿Lo quieres?", decía.

Puede que allí estuviera el origen de muchas cosas. Porque fue entonces cuando, siguiendo una señal del destino, como premio por haber asistido a la autopsia sin pestañear, el pequeño Barón respondió: "quiero la cabeza".

Se busca psicoanalista que interprete este recuerdo agazapado: quizás encuentre una explicación a los varios desvaríos en los bares del Barón.

viernes, 15 de febrero de 2008

Adivinando

Hay cosas que nacen,
crecen poco, apenas unos segundos de vida,
no se reproducen, porque, si no, ya no serían lo que son, sino otras formas más enrevesadas y profundas, plagadas de caminos que se bifurcan, algunos ciegos, otros infinitos etcétera,
y mueren,
por su propia condición.

lunes, 11 de febrero de 2008

Viejas enseñanzas de Endorio Perilla

Quién sabe qué condicionamiento pavloviano ha llevado al Barón a recordar, hoy, a su viejo amigo Endorio Perilla. Quizás un pequeño arrebato de nostalgia originado en la lectura del periódico, o en el telediario. El caso es que Endorio Perilla es un tipo peculiar.

Rememora el Barón con gran cariño sus reflexiones sobre la escritura. Decía E. Perilla que para escribir sólo hacen falta tres cosas: tener algo que contar, saberlo contar, y contarlo. Así de sencillo. Después, el Barón pudo conocer las teorías de Umberto Eco sobre la fábula, la trama y el discurso, pero enseguida vio que no eran sino una sofisticada variación de las ideas de Endorio Perilla, más directas y comprensibles.

También tiene E. Perilla algunas frases antológicas. Su gran especialidad era dar una vuelta de tuerca a axiomas y tópicos ya conocidos. Uno de estos tópicos es el que reza: "mañana, hoy será ayer". Recuerda el Barón el día en que E. Perilla, mientras sostenía una cerveza en su mano de virtuoso, supo reformular el tópico, y, simplificándolo, le dio mayor espesor temporal: Mañana será ayer.

El Barón ha decidido ponerse en contacto con E. Perilla, saber de su vida, por dónde le han llevado los trabajos y los días, y hacer ese tipo de cosas que hace la gente cuando se decide a llamar a sus viejos amigos.

viernes, 1 de febrero de 2008

El primer pitillo

El fluir de la vida, ya que no hay expresiones matemáticas (el Barón no las conoce), se caracteriza por un presente continuo, de estar existiendo, valga la redundancia, rodeados de recuerdos por detrás, y esperanzas por delante. A veces, el pleno sentido del presente viene dado por la satisfacción de una esperanza, inmediatamente transformada en un grato recuerdo, sin transición.

La felicidad de un momento presente es inversamente proporcional a su corporeidad posterior: cuanto más feliz haya sido un momento, más difícil será recrearlo. Pero la anticipación de esa felicidad posee el extraño don de alegrarnos incluso antes de que esa dicha se manifieste de forma real. La felicidad, así, es como un heraldo de sí misma.

Este juego entre lo que se desea esperando, y la consecución de ese deseo, provoca una detención del fluir del tiempo. Durante unos minutos, todo lo que nos puede suceder no es sino la antesala de lo que estamos deseando que suceda, y lo disfrutamos prácticamente por igual, aunque siempre atemorizados por la idea de que no podamos consumarlo. Y, aun así, si eso sucediera, nadie nos podria quitar la dicha de haberlo deseado.

Por suerte para el protagonista de "El primer pitillo", su deseo, finalmente, se consuma. Relatos como éste hacen que la perspectiva de leer a Miguel Delibes ya sea una antesala de la felicidad de tener un libro suyo ante nosotros, sobre todo si aún no lo hemos leído.

miércoles, 16 de enero de 2008

La carretera


Esta bonita imagen corresponde al otoño en Newfound Gap, un puerto de montaña, por donde pasa la carretera 441, situado en las Great Smoky Mountains, en el sur de los Apalaches, entre Tennesse y Carolina del Norte.

Cormac McCarthy transforma este bucólico paisaje (eso parece según algunos indicios) en un desierto de ceniza, desolado y barrido por el viento y la nieve, al ubicar la acción de su última novela en un futuro hipotético que nos trastorna, no tanto por original como por veraz. Es un hiperrealismo que no podemos contrastar, pero logra contagiarnos un profundo desasosiego.

A la cruda ambientación añade un estilo duro, contundente, seco, reiterativo hasta el hastío, terminal, plagado de conjunciones copulativas encadenadas (y... y... y...), como si cada acción que describe fuese a ser la última ejecutada por sus personajes.

Estos personajes son dos: el hombre y el chico, que son padre e hijo. No se les nombra en ningun momento, como tampoco hay ninguna referencia geográfica exacta. Hay quien lo interpreta como un intento del autor de facilitar la identificación del lector con los protagonistas y con el espacio, en una situación extrema.

Avancemos la posibilidad de que sean metáforas:

El padre ha intentado inculcar a su hijo, nacido tras el cataclismo, los valores que regían la sociedad antes del apocalipsis, pero, en este tramo final de su huida hacia algún lugar en que refugiarse de todo, sólo se mueve por puro instinto de supervivencia, de los dos, el afán de autoconservación y reproducción de la especie. Para poder mantener a su hijo con vida, no duda en robar, matar, vejar y abandonar a otros congéneres en peor situación, es decir, renuncia a esos valores que ha tratado de transmitir a su descendiente, aunque siempre intenta justificarse frente al chico. Recurre al instinto para salvar la esencia de la humanidad, encarnada en su hijo.

El hijo es la moral. Lo que adviene tras la satisfacción de las necesidades primarias. La permanente vigilancia de los instintos, la defensa, todavía inocente, de los valores morales. El fuego. Ellos llevan el fuego, y, al final, el padre lo admite: "Tú eres el fuego". Y le entrega su pistola (porque la pistola y el padre son la muestra de que la esencia humana tiene dos caras, como una moneda), y, así, el chico pierde la inocencia al mismo tiempo que a su padre, pero salva la vida, y encuentra a otros "buenos" (good guys), con los que parece que podrá desarrollarse como persona, contribuir a la progresiva restitución de la sociedad humana.

Hay quien ve este final como un happy end, como un canto a la esperanza y a la capacidad del ser humano de hacer frente a las adversidades. ¿Y si la moraleja, si es que la hay, fuese una paradoja? ¿Y si se nos está diciendo que el ser humano lleva en su interior el germen de la autodestrucción, y que siempre arrastrará en su caída hacia el abismo, que puede repetir cien veces, a todo lo que le rodea, incluso a sí mismo?

viernes, 11 de enero de 2008

Covarrubias 1962


Y la mano guía el espíritu, en la espiral del tiempo...

martes, 8 de enero de 2008

2008

Con un año tan rechoncho, que dan ganas de espachurarlo de gordito, no parece que venga una época magra en aventuras.

Si el Barón no se ha dignado a felicitar el año entrante a sus visitantes antes de hoy ha sido por su entrega total, durante las fiestas, a dos de sus pasiones más señaladas: la bebida y el dibujo. Vivan el vino y las artes plásticas.

PS: Por causas de fuerza mayor el Barón aún no ha podido ofrecer a sus amables lectores el fruto de estos esfuerzos. En breve se subsanará este error lamentable. Para entretenerles, mientras tanto, les emplaza a visitar esta página y a encontrar, en la misma, un pequeño cuento de navidad para pesimistas, escrito por su sombra y titulado Aerofilia.