viernes, 4 de junio de 2010

Nuevo fragmento de "Ardora"


Asistí al derrumbe de las Torres Gemelas mientras comía un sándwich vegetal en el bar que hay en la calle paralela a donde está la Consultora. Había pasado casi todo el verano y no sólo no había resuelto nada, sino que mi vida se había ido enroscando como un erizo ante la amenaza externa. En consecuencia, no me afectó demasiado ver caer al vacío y despedazarse contra las aristas de los edificios los cuerpos de aquellos que optaron por la salida rápida a una situación en la que, ni en la peor de sus pesadillas de la noche anterior, habrían imaginado encontrarse. La televisión nos transmitió el acontecimiento en directo, y recuerdo la expectación que había en el bar, los comentarios de los espectadores que sabían que se encontraban ante uno de esos raros momentos comunes que todo el mundo guarda en su memoria para siempre. En la pantalla aparecían gentes heridas y desconsoladas, bañadas en lágrimas y cubiertas de polvo de hormigón,

como recién salidas de un naugragio de sangre.

miércoles, 26 de mayo de 2010

E-N-W

A falta de una reflexión pausada sobre el último viaje del Barón, exponemos tres pequeñas pinceladas donde poder apreciar la luz del norte, hacia el este, hacia el norte y hacia el oeste.

martes, 25 de mayo de 2010

Novo videoblog

Queridas e queridos: Convido-lles a visitar o vídeoblog A Lanzada: un proxecto de divulgación e recuperación arqueolóxica en Pontevedra, que durante uns meses reflectirá, caseque en tempo real, os avatares da escavación arqueolóxica que terá lugar en tan emblemático sítio.

Posto en marcha hai pouco, o blog está impulsado polo noso compañeiro Xurxo Ayán, coordinador do plan de comunicación da devandita intervención arqueolóxica, que conta coa inestimábel colaboración do xornalista Manuel Gago, cuxo blog Capítulo 0 xa é coñecido por moitos de vós.

Espero que o disfrutedes e que esta ferramenta sirva para acrecentar o voso interese pola arqueoloxía e o patrimonio.

viernes, 7 de mayo de 2010

Del éxito

Según los académicos, “éxito” es el feliz resultado de un negocio o una actuación, o la buena aceptación que tiene alguien o algo. Asumamos que tienen razón (para eso marcan las reglas).

Partimos de una profunda discrepancia, o de perspectivas antagónicas: dónde radica el éxito. Para el pensamiento único, dominante desde hace siglos, el éxito está en el triunfo, en la victoria, y el fracaso en la derrota. De este modo, éxito y fracaso marcan sin ambigüedades nuestro destino, sin medias luces, sin penumbra. Sólo importa el triunfo, que se confunde con el éxito. Es la ley del capital, del máximo beneficio.

Pero identificar el éxito con la victoria es como confundir el amor con el orgasmo. Como decía Cavafis, lo que cuenta es el viaje, la experiencia vivida, no la meta. En ese trayecto confluyen la sabiduría, la solidaridad y la creatividad, todas dimensiones del auténtico éxito. Quienes leen la vida en términos de éxito y fracaso pueden experimentar sucesivos orgasmos, pero no disfrutarán del viaje, del trayecto, de los intersticios a través de los que nuestras vivencias se abren al mundo. Son finalistas, resultadistas.

Dice Galeano que el fútbol se fue convirtiendo, poco a poco, de un juego ilusionante en un negocio industrial, y, parafraseando a Castoriadis, que se fue invirtiendo el lema, y ya no ganas porque vales, sino que vales porque ganas.

Guardiola ha llevado al extremo una filosofía del juego que hunde sus raíces en la propia esencia de éste. Ése ha sido (y es) su éxito, por eso se han vuelto hacia su equipo muchas miradas que se habían apartado del fútbol, o que ni siquiera se habían dirigido nunca hacia él. Los Mourinho, Benítez y compañía sólo juegan para hacer felices, y casi nunca lo consiguen, a su afición. Guardiola y su equipo hacen feliz a cualquiera que ame el espectáculo, porque aúnan con éxito talento, ética y estética, y además han demostrado que también ése es un camino victorioso, por eso todo aficionado del Barcelona puede estar orgulloso de su propia afición.

Hay hazañas irrepetibles, puede que la temporada anterior sea una de ellas, pero el éxito ya está ahí, y será difícil que no haya un antes y un después. Por eso, pase lo que pase en estos días, no existirá el fracaso para el Barça, como no es un fracaso el amor sin orgasmo. En el fútbol, más que en la vida, hay victorias y derrotas, pero el límite entre el éxito y el fracaso lo marca la honestidad, el reconocimiento del talento (¿es un éxito llegar a la final de la Champions con Eto’o y Milito jugando en los laterales?), la asunción de unos principios solidarios y la intención de hacer disfrutar a todo el mundo, no sólo a tus seguidores. Ganan porque valen. Y si no ganan, no pasa nada. Sabemos que Guardiola lo sabe, y no queremos que cambie, pase lo que pase, porque eso es lo que convierte al Barça en algo único.

jueves, 22 de abril de 2010

Ventana

Sigamos los consejos de Santiago Alba y asomémonos a una de tantas ventanas infinitas con que el mundo se nos brinda a la mirada.

Placeres, de Santiago Alba Rico

Hay experiencias tan intensas que no tienen extensión. Hay emociones tan pegadas a nuestro pecho que no ocurren en ninguna parte. Puede decirse que es a eso a lo que todos, en Australia, en España y en China, llamamos “placer” y “dolor”; es decir, al hecho de no estar ni en Australia ni en España ni en China cuando nos estremecemos. No me duele la cabeza en el mundo sino en mi propia cabeza; no me duelen las muelas en la extensión de mi cuerpo sino en una especie de intimidad sin ventanas; no me duelen los riñones un martes de marzo sino en un presente puro, en una eternidad concreta. Lo mismo ocurre con el placer, cuyas intensidades más cortas suprimen también, mientras dura, todos los lazos con la tierra y con el tiempo. En su relación con el mundo, hay pocas diferencias entre sufrir y gozar: el placer es un dolor blanco, el dolor es un placer negro. El cólico nefrítico y el orgasmo niegan por igual el sol, los árboles, la botella sobre la mesa, nuestra genealogía y nuestra historia, la mano que nos atiende, incluso el cuerpo que tenemos entre los brazos. Ahora bien, el sufrimiento es un placer que nos expulsa, en el que no queremos quedarnos, que por ello mismo requiere al mismo tiempo una explicación y una salida y que busca abrirse camino, como las uñas de un topo, de vuelta al mundo del que ha sido arrancado. Si las revoluciones se hacen a partir del sufrimiento -el aguijón de la realidad clavado en el cuerpo, como decía Simone Weil- es precisamente porque el sufrimiento nos hace huir y porque de él sólo podemos huir hacia los otros y hacia fuera. Para bloquear ese regreso a la humanidad -de la migraña al pensamiento, del cólico a la revuelta- se han inventado los antidepresivos, la religión... y los placeres. La industria capitalista del entretenimiento disuelve el mundo común con mucha más eficacia que los somníferos y los confesionarios.

El placer es un dolor que nos retiene, un dolor en el que queremos instalarnos. Sin un empujón, nos quedaríamos en él para siempre. Los placeres más elementales son -claro- el sexo y la comida, contra cuya insociabilidad visceral se han inventado refinados procedimientos de cultura. El amor y sus manos cuidadosas, ¿no son dispositivos pensados para poner al otro al alcance de la mirada, tan lejos que podamos por primera vez tocarlo en lugar de comérnoslo? Y las maneras de mesa, la gastronomía, las comidas comunes, ¿no son invenciones concebidas para retenernos fuera de nuestras tripas, para que la boca que mastica tenga también que hablar, reconociendo así la existencia de los otros comensales? Lo contrario del amor es la guerra, con sus cuerpos crudos expuestos a la inmediatez ciega de los violadores; lo contrario del banquete platónico es la hambruna y sus digestiones rápidas, solitarias, desconfiadas. Lo que tienen de malo la prostitución y el fast-food, tan parecidos entre sí, es que niegan o anulan el mundo común; no ocurren en ninguna parte, no le ocurren a nadie, no establecen ninguna relación. ¿Será una casualidad que el capitalismo gaste todos los años mucho más en destruir relaciones -por no hablar de seres humanos concretos- que en crearlas? ¿Que la prostitución genere beneficios de 18.000 millones de euros sólo en España y se coma sin parar a 400.000 personas? ¿Que la compañía McDonalds tenga 60 millones de clientes al día en todo el mundo y venda todos los años 22.000 millones de dólares en comida-basura?

He dicho otras veces que la mayor o menor bondad de una sociedad particular se revela menos en los sufrimientos de sus víctimas que en los placeres de sus beneficiarios. La esencia del capitalismo se manifiesta, claro, en sus fábricas, sus campos de refugiados, sus muros fronterizos, sus prisiones; y se manifiesta igualmente -o aún más- en sus centros comerciales, sus parques de juegos, sus aeropuertos, sus programas de televisión, sus estadios deportivos. Del paro y el trabajo precario se huye, como siempre, hacia la religión y los psicofármacos, pero también hacia los placeres industriales que, con arreglo al modelo de la prostitución y el fast food, el capitalismo proporciona, en distinta escala y por distintas vías, a pobres y ricos por igual.

¿Habrá otro modelo? En 1956, poco antes de morir, Bertolt Brecht escribió un bellísimo poema titulado Vergnügungen, que algunos traducen como “placeres” y otros como “satisfacciones”. Me gusta más este último término, derivado del latín “satis” (bastante, suficiente), porque de entrada sitúa la mirada en los límites del mundo, fuera del cuerpo y sus intimidades infinitas. En Satisfacciones el poeta alemán ofrece una lista casi oriental de pequeños placeres conectivos (mirar por la ventana, nadar, rostros entusiasmados, el viejo libro vuelto a encontrar, la nieve, zapatos cómodos, la dialéctica) completamente incomprensibles -lengua muerta, extraña, tediosísima- para un cliente de McDonalds y Wal-Mart, un espectador de la Fox o un admirador de Fernando Alonso y Cristiano Ronaldo. De todas estas “satisfacciones” diminutas de la extensión hay dos ya casi extinguidas, como los dinosaurios y los bisontes, incompatibles con el orden del mercado capitalista y que desde un coche último modelo o desde Disneylandia nos parecen extravagantes y perversas, casi escandalosas: “comprender” y “ser amable”.

¿Por qué nos parece imposible hoy encontrar placer en “comprender” y “ser amables”? Porque, al contrario que la prostitución y el fast food, al contrario que el cólico y el orgasmo, el pensamiento y la amabilidad son dos formas distintas de reconocer la existencia del mundo. Los dos se comportan ante las cosas y ante los hombres como el náufrago ante los niños, a los que se debe ceder el paso al abandonar el barco que se va a pique. “Comprender” es un ejercicio de buena educación con el objeto: darle la palabra, dejarle pasar por delante de nosotros, cederle nuestro lugar en el asiento. El zoólogo, por así decirlo, deja hablar a los animales, el físico deja hablar al átomo, el filósofo deja hablar a los entes. Pero “ser amable”, al mismo tiempo, es una forma de (re)conocer a nuestro prójimo, de comprender su existencia como igual a la nuestra, de establecer rangos y jerarquías a contrapelo de las clases (la superioridad del viejito, del enfermo, del niño). Cada vez que digo “por favor”, que cedo el paso, que me muestro cariñoso o complaciente, que me detengo y dedico un minuto, arrancado al tiempo continuo de la digestión, a interesarme por mi vecino, estoy conociendo la fragilidad de los otros y declarando en voz alta la mía propia. Bajo el capitalismo, en Madrid, en Sidney y también -mucho me temo- en Pekín, una declaración de fragilidad es ya una invitación al desprecio y la agresión. En las grandes ciudades europeas, “amables” ya sólo lo son los que tienen algo que ocultar o algo que temer: los inmigrantes, cuya misma cortesía los pone a merced de todos los palos y todos los abusos.

El poema de Brecht acaba con este verso escueto: “ser amable”. Es también la condición implícita de toda sociedad justa, el primer artículo tácito de toda constitución política. El comunismo es el conjunto de procedimientos complejos -económicos, sociales, tecnológicos- que permiten estos placeres sencillos: el de abrir la ventana al levantarse y reconocer el mundo fuera; y el de abrir los ojos y reconocer con un gesto la superioridad de un niño, de un viejo, de un enfermo. Y los placeres -claro- de nadar, leer, oír música, contemplar las flores o la nieve, llevar zapatos cómodos y embelesarse en el rostro “entusiasmado” del amigo o del amado.

viernes, 9 de abril de 2010

Antología del doble rasero (1)

Si a algún policía cubano se le hubiese ocurrido hacer con las Damas de Blanco la quinta parte de lo que la policía nacional hizo ayer a los vecinos de El Cabanyal, ¿a cuántos "patriotas" se les habría ocurrido ponerse en huelga de hambre? ¿Y qué habrían hecho los múltiples defensores multinacionales de los "Derechos Humanos" que siempre salen a la palestra para atacar a Cuba y tuercen la mirada ante lo que pasa en el resto del mundo, incluidos sus propios países?